La medicina basada en la evidencia (MBE) se puede definir como la práctica formal de tomar decisiones con respecto al mejor tratamiento de los pacientes según el enfoque sistemático y detallado de la mejor evidencia actual de la investigación. Quienes trabajamos en el campo de la medicina, estamos familiarizados de una manera u otra, con el proyecto Cochrane y su Biblioteca de Revisiones Sistemáticas. Pues Cochrane se nombra así en honor a Archibald Leman Cochrane, Archie para muchos, un investigador médico británico que contribuyó en gran medida al desarrollo de la epidemiología como ciencia. Sigue leyendo «Archibald Leman Cochrane (1909–1988): el padre de la medicina basada en la evidencia»
El 12 de enero de 1726, Thomas de Linares, Prior del Convento de San Juan de Letrán de La Habana, con motivo de la concesión otorgada desde el 12 de septiembre de 1721 a la Orden de Predicadores por el Papa Inocencio XIII para fundar una universidad, autorizó la apertura de cursos de Medicina, que se comenzaron a impartir ese mismo día por el Dr. González del Álamo.
En la realización del primer trasplante renal exitoso en humanos sobresalen la dedicación y sacrificio de un médico extraordinario. Su herencia perdura en cada paciente trasplantado. Uno de los hechos más trascendentales en la historia de la medicina tuvo lugar el 23 de diciembre de 1954, cuando un equipo dirigido por el profesor doctor Joseph E. Murray (1919-2012) realizó el primer trasplante renal exitoso en humanos.
También conocida como paludismo, la malaria es una enfermedad infecciosa producida por protozoos. En los humanos, son cuatro cuatro las especies del género Plasmodium quienes la producen: Plasmodium falciparium, Plasmodium vivax, Plasmodium ovale y Plasmodium malariae; y se trasmite por la picadura de un mosquito hembra infectado del género Anopheles. Esta enfermedad es considerada endémica en regiones de Asia, África, América Central y del Sur, Oceanía y ciertas islas del Caribe.
El primer caso de muerte por cáncer registrado en Cuba, ocurrió el 4 de marzo de 1637. Se trataba de un ciudadano portugués, Antonio Hernández, fallecido a consecuencia de una úlcera maligna de la región facial. Los registros parroquiales del suceso se conservaron en los archivos de la Santa Iglesia Metropolitana, de San Cristóbal de La Habana. Así quedó registrado el hecho como Noli me tangere, es decir, ¨no tocar¨, que era como se definía el cáncer en aquella época. El europeo que venía a América sufría más que nadie el efecto dañino de los rayos solares del trópico, para los cuales no tenía ninguna defensa o adaptación antropológica.