{"id":12991,"date":"2020-11-27T04:01:19","date_gmt":"2020-11-27T04:01:19","guid":{"rendered":"http:\/\/contenidosportal.sld.cu\/portal20142020\/?p=5806"},"modified":"2020-11-27T04:01:19","modified_gmt":"2020-11-27T04:01:19","slug":"aquel-27-de-noviembre-de-1871-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/contenidosportal.sld.cu\/portal20142020\/2020\/11\/27\/aquel-27-de-noviembre-de-1871-2\/","title":{"rendered":"Aquel 27 de noviembre de 1871"},"content":{"rendered":"<div class=\"item-node\">\n<p><em>&iexcl;Y m&aacute;s que un mundo, m&aacute;s! Cuando se muere \/ En brazos de la patria agradecida, \/ La muerte acaba, la prisi&oacute;n se rompe; \/ &iexcl;Empieza al fin, con el morir, la vida!<\/em><\/p>\n<p>As&iacute; expres&oacute; <em>Jos&eacute; Mart&iacute;<\/em> su pesar por aquel horrendo e impune crimen en su poema &quot;A mis hermanos muertos el 27 de noviembre&quot;. No existe alma honesta en el mundo que no haya condenado de una manera u otra aquel abuso de poder. No fue m&aacute;s que una expresi&oacute;n de impotencia del coloniaje. Una de tantas que recoje la historia. Pero esta en particular, toc&oacute; fondo dolorosamente en el pueblo cubano.<\/p>\n<p><strong>El hecho<\/strong><\/p>\n<p>En la tarde del 24 de noviembre de 1871 los alumnos del primer curso de Medicina estaban esperando en el Anfiteatro Anat&oacute;mico la llegada de su profesor <em>Pablo Valencia y Garc&iacute;a<\/em>, quien a las 3:00 p.m. deb&iacute;a impartir una clase de Anatom&iacute;a. Su ubicaci&oacute;n actual corresponde a las calles San L&aacute;zaro, Vapor, Espada y Aramburo, como limitantes del cementerio y el anfiteatro anat&oacute;mico colindando con &eacute;ste por su lado de Vapor, hoy municipio Centro Habana.<\/p>\n<p>La tardanza del profesor, por un examen que ten&iacute;a en el edificio de la Universidad, motiv&oacute; a algunos estudiantes a buscar otras actividades. Unos se dispusieron a asistir a las pr&aacute;cticas de disecci&oacute;n que explicaba el doctor <em>Domingo Fern&aacute;ndez Cubas<\/em>. Otros fueron a dar un corto paseo por el Cementerio de la calle Espada, que estaba al lado del Anfiteatro Anat&oacute;mico. Cuatro de los j&oacute;venes estudiantes (<em>Anacleto Berm&uacute;dez, &Aacute;ngel Laborde, Jos&eacute; de Marcos<\/em> y <em>Juan Pascual Rodr&iacute;guez<\/em>) decidieron hacer travesuras montando el carruaje del cementerio que serv&iacute;a para transportar los cad&aacute;veres destinados a la sala de disecci&oacute;n, y pasearon con &eacute;l por la plaza que se encontraba delante del cementerio. Otro de los estudiantes (<em>Alonso &Aacute;lvarez de la Campa<\/em>, 16 a&ntilde;os) tom&oacute; una flor que estaba delante de las oficinas del cementerio.<\/p>\n<p>Los j&oacute;venes estudiantes re&iacute;an y se divert&iacute;an, algo propio de la edad. Sin embargo, el vigilante del lugar <em>Vicente Cobas<\/em>, no lo entendi&oacute; as&iacute;, y mortificado y enfurecido, porque los estudiantes supuestamente hab&iacute;an estropeado su jard&iacute;n, decidi&oacute; hacer una falsa delaci&oacute;n al gobernador pol&iacute;tico <em>Dionisio L&oacute;pez Roberts<\/em>, en la que acusaba a los muchachos de haber rayado el cristal que cubr&iacute;a el nicho donde reposaban los restos del periodista espa&ntilde;ol <em>Gonzalo Casta&ntilde;&oacute;n<\/em>.<\/p>\n<p>Al d&iacute;a siguiente 25 de noviembre de 1871, lleg&oacute; el gobernador <em>Dionisio L&oacute;pez Roberts<\/em> al cementerio y a la Universidad colindante, dispuesto a apresar a todos los esudiantes que pudiera. Primero trat&oacute; de arrestar a todos los estudiantes de segundo curso, pero su profesor <em>Juan Manuel S&aacute;nchez Bustamante y Garc&iacute;a del Barrio<\/em> se opuso en&eacute;rgicamente.<\/p>\n<p>Entonces se dirigi&oacute; al aula del primer curso. Su profesor <em>Pablo Valencia y Garc&iacute;a<\/em> se asust&oacute; y no impidi&oacute; que 45 de sus 46 estudiantes fueran arrestados, directamente en su aula universitaria.<\/p>\n<p>Los estudiantes fueron procesados en juicio sumar&iacute;simo 2 veces. El primer juicio comenz&oacute; al d&iacute;a siguiente 26 de noviembre, bajo las &oacute;rdenes del Segundo Cabo, General<em> Crespo<\/em>, por encontrarse ausente el Conde de Valmaseda. El juicio dictamin&oacute; sentencias suaves, algo que no fue aceptado por los Voluntarios al servicio del Gobierno espa&ntilde;ol, amotinados frente al edificio de la c&aacute;rcel, quienes manifestaron su inconformidad con las sentencias y exigieron que se formara otro Consejo de Guerra m&aacute;s severo.<\/p>\n<p>Inmediatamente se forma un segundo Consejo de Guerra, que sigui&oacute; deliberando hasta el d&iacute;a 27 al mediod&iacute;a, sopesando la cantidad de estudiantes a condenar a la pena m&aacute;xima. Al final, decidieron que ocho estudiantes ser&iacute;an fusilados. Los cinco primeros fueron f&aacute;ciles de escoger: los cuatro que pasearon en el carrej&oacute;n, y el que arranc&oacute; la flor. Los otros tres estudiantes fueron escogidos al azar entre el resto, como escarmiento.<\/p>\n<p>El Consejo de Guerra firm&oacute; la sentencia a la 1:00 p.m. y ley&oacute; el fallo. Ocho estudiantes deb&iacute;an morir. Del resto, 11 fueron condenados a seis a&ntilde;os de prisi&oacute;n, 20 a cuatro a&ntilde;os, y cuatro a seis meses, adem&aacute;s de que los bienes de todos quedaron sujetos a las responsabilidades civiles determinadas por las leyes.<\/p>\n<p>Contrario a la pintura m&aacute;s conocida, a los estudiantes los asesinaron de dos en dos, con las manos atadas a la espalda, de rodillas y de espaldas al pelot&oacute;n de fusilamiento. De la sentencia definitiva al momento final apenas pasaron poco m&aacute;s de tres horas. Casi siglo y medio despu&eacute;s, todav&iacute;a los mitos y la realidad se entrelazan para contar esta historia de horror y tristeza.<\/p>\n<p>Aunque Espa&ntilde;a trat&oacute; de apartar este suceso de la Guerra de los Diez A&ntilde;os que en ese momento estaba desarroll&aacute;ndose con toda fuerza en Cuba, estaba claro que este fusilamiento pretend&iacute;a aterrorizar a la poblaci&oacute;n cubana dando un escarmiento ejemplar, para frenar el sentimiento independentista de los cubanos, aunque el resultado fue todo lo contrario. Tanto el abominable crimen, como el inconcebible proceso judicial que lo precedi&oacute;, contribuyeron a reforzar estos sentimientos independentistas.<\/p>\n<p><strong>Voces<\/strong><\/p>\n<p>Con solo 19 a&ntilde;os, <em>Ferm&iacute;n Vald&eacute;s Dom&iacute;nguez<\/em> ya ten&iacute;a en su historia la fundaci&oacute;n junto a <em>Jos&eacute; Mart&iacute;<\/em> del peri&oacute;dico &quot;El Diablo Cojuelo&quot; y una condena de seis meses acusado de infidencia. Sin embargo, quiz&aacute;s durante toda su vida nunca estuvo tan cerca de la muerte como en aquellos d&iacute;as de 1871. Ferm&iacute;n fue uno de los estudiantes conducidos a prisi&oacute;n en la tarde del 25 de noviembre.<\/p>\n<p>&laquo;Momentos fueron aquellos terribles para nosotros; aquella galera era nuestra capilla. Aquella ansiedad, que no era mayor que la de toda la noche y todo el d&iacute;a, dur&oacute; una hora. Todo indicaba que iba a consumarse el crimen, pues la capilla de la c&aacute;rcel esperaba ya a las v&iacute;ctimas; una compa&ntilde;&iacute;a de Voluntarios la custodiaba, y aun no sab&iacute;amos qui&eacute;n hab&iacute;a de morir&raquo;.<\/p>\n<p>En el segundo Consejo de Guerra, <em>Ferm&iacute;n<\/em> y una decena de estudiantes recibieron la condena de seis a&ntilde;os de c&aacute;rcel. Otros deb&iacute;an cumplir penas de cuatro a&ntilde;os. No obstante, luego de varias gestiones y gracias al esc&aacute;ndalo desatado en algunos pa&iacute;ses por el fusilamiento de los j&oacute;venes, a mediados de 1872 el Rey <em>Amadeo I<\/em> firm&oacute; un indulto para todos y sin rehabilitarlos p&uacute;blicamente los deport&oacute; a Espa&ntilde;a.<\/p>\n<p>Nada m&aacute;s llegar a aquel pa&iacute;s, <em>Ferm&iacute;n<\/em> comenz&oacute; un tit&aacute;nico trabajo para denunciar la injusticia cometida con sus compa&ntilde;eros muertos. En el primer aniversario de los hechos circul&oacute; por Madrid un impreso que recordaba a los estudiantes y en a&ntilde;os sucesivos public&oacute; varias ediciones de su libro&nbsp;&quot;Los Voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de Medicina&quot;.<\/p>\n<p>Junto a ello, en enero de 1887 logr&oacute; que uno de los hijos de <em>Gonzalo Casta&ntilde;&oacute;n<\/em> confirmara la normalidad del nicho de su padre, un testimonio que ech&oacute; por tierra la justificaci&oacute;n empleada 16 a&ntilde;os antes para fusilar a los estudiantes. A su vez, impuls&oacute; la exhumaci&oacute;n de los restos de sus compa&ntilde;eros y recaud&oacute; fondos para erigir el actual monolito funerario. M&aacute;s tarde, &eacute;l tambi&eacute;n reposar&iacute;a all&iacute;.<\/p>\n<p><em>Teodoro Zertucha<\/em> ten&iacute;a diecinueve a&ntilde;os cuando ocurrieron aquellos funestos sucesos y no se encontraba all&iacute; aquella tarde. Cuando lo entrevistaron en noviembre de 1946, contaba con 94 a&ntilde;os de edad y permanec&iacute;a recluido en la Sala Incl&aacute;n en la Quinta Covadonga, en La Habana (hoy Hospital &quot;Salvador Allende&quot;).<\/p>\n<p>Este venerable anciano, al igual que <em>Fern&aacute;ndo M&eacute;ndez Capote<\/em>, eran en aquella &eacute;poca, los &uacute;nicos supervivientes que exist&iacute;an de aquellos tr&aacute;gicos acontecimientos. Incre&iacute;blemente el doctor <em>Zertucha estaba<\/em> muy l&uacute;cido. Recordaba todo, o casi todo lo ocurrido con sus compa&ntilde;eros de clase.<\/p>\n<p>Por unas amistades se enter&oacute; de que los Voluntarios ten&iacute;an cercados en el aula a sus compa&ntilde;eros. No obstante, decidi&oacute; presentarse y correr la misma suerte que ellos.<\/p>\n<p>Dijo <em>Zertucha<\/em>: &laquo;Ni mis compa&ntilde;eros ni yo hab&iacute;amos cometido delito alguno para que se nos detuviera&#8230; No tuve dificultades para entrar. Me dejaron hacerlo con la pasi&oacute;n del que ha tendido una trampa y espera, sin impacientarse, a que sus v&iacute;ctimas vayan cayendo en la misma&raquo;.<\/p>\n<p>&laquo;Los presos nos comunicaron entonces que fusilar&iacute;an a dos. Las voces volvieron a rugir. Otro toque de silencio y la muchedumbre de Voluntarios y toques de silencio, as&iacute; fuimos enter&aacute;ndonos que se fusilar&iacute;a a ocho&#8230; Consternados nos mir&aacute;bamos unos a otros. &iquest;Qui&eacute;nes de nosotros ser&iacute;an los elegidos para ser llevados al pared&oacute;n?&raquo;<\/p>\n<p>&laquo;Separaron primeramente a los cuatro que hab&iacute;an confesado que en el Cementerio, una tarde, hab&iacute;an tomado el carro donde se conduc&iacute;an los cad&aacute;veres de los pobres de solemnidad, para dar una vuelta por dentro del mismo Cementerio, mientras llegaba el profesor.&raquo;<\/p>\n<p>&laquo;&iexcl;Qu&eacute; ajenos estaban ellos cuando dieron aquella vuelta, que estaban sellando sus destinos y que en ese mismo carro, unas horas m&aacute;s tarde, se llevar&iacute;an sus cad&aacute;veres al cementerio!&raquo;<\/p>\n<p>&laquo;<em>Alonso &Aacute;lvarez de la Campa<\/em> fue tambi&eacute;n sacado. Hab&iacute;a jugado con un rosal arranc&aacute;ndole una flor. Ese era todo su delito. Con &eacute;l se completaban cinco. Los colocaron en una bartolina. Faltaban tres. Vimos entonces venir hacia la galera donde est&aacute;bamos a un coronel de Voluntarios, seguido de varios oficiales. Tra&iacute;a en las manos un papel. Ley&oacute; tres nombres. Uno era <em>Berm&uacute;dez<\/em>, s&iacute;, <em>Anacleto Berm&uacute;dez<\/em>. Otro era <em>Marcos Medina<\/em>. Del tercero no puedo acordarme ahora. Pero con esos tres completaban los ocho&raquo;.<\/p>\n<p>&laquo;Vimos entrar ocho curas. Eran los confesores. Media hora m&aacute;s tarde vimos salir a nuestros compa&ntilde;eros. Iban con las manos esposadas. Junto a cada uno de los condenados marchaba el confesor pidiendo al cielo que recibiese aquellas almas inocentes.&raquo;<\/p>\n<p>&laquo;Marcharon por entre una doble fila de Voluntarios que los miraban indiferentes. Levantando las manos esposadas cuando pasaban por cerca de nuestra galera nos dec&iacute;an adi&oacute;s. Iban serenos. Yo los vi ir&#8230;&raquo;<\/p>\n<p><strong>Historias <\/strong><\/p>\n<p>La muerte de cinco hombres negros el mismo d&iacute;a del fusilamiento de los estudiantes de Medicina es tal vez la m&aacute;s m&iacute;tica y desconocida de las historias que hasta hoy llegan en torno al 27 de noviembre de 1871.<\/p>\n<p>Para unos, aquellos hombres pertenec&iacute;an a la sociedad secreta <em>Abaku&aacute;<\/em> y se lanzaron casi al suicidio en cofrad&iacute;a con uno de los suyos. Para otros, ese acto es la muestra para negar que no todos los cubanos quedaron indiferentes ante el crimen.<\/p>\n<p>Sin embargo, todos coinciden en un elemento: al parecer en el acto murieron cinco negros liderados por el hermano de leche de <em>Alonso &Aacute;lvarez de la Campa<\/em>, el m&aacute;s joven de los estudiantes condenados. De hecho, esa es la versi&oacute;n que sostiene la pel&iacute;cula cubana &quot;Inocencia&quot;, inspirada en los sucesos del 27 de noviembre.<\/p>\n<p>Desde el 27 de noviembre de 2006 los miembros de la sociedad&nbsp;<em>Abaku&aacute;<\/em> realizan una peregrinaci&oacute;n hasta un jag&uuml;ey situado en la esquina de Morro y Col&oacute;n en La Habana Vieja, el lugar donde seg&uacute;n la tradici&oacute;n cay&oacute; uno de los negros aquel d&iacute;a. Luego siguen su recorrido hasta el templete erigido en el sitio donde murieron los estudiantes. Lo cierto es, que la historia de los cinco negros muertos casi junto a los estudiantes de Medicina, aun necesita conocimientos mayores.<\/p>\n<p><strong>Homenaje<\/strong><\/p>\n<p>Cada 27 de noviembre es preciso recordar la val&iacute;a de j&oacute;venes como aquellos, una cualidad casi inherente a los que son y ser&aacute;n profesionales cubanos de la Salud. La profesora, doctora e historiadora <em>Mar&iacute;a del Carmen Amaro<\/em>, recuerda ser muy peque&ntilde;a cuando en su natal Matanzas escuch&oacute; hablar sobre el tr&aacute;gico suceso, porque, adem&aacute;s de la injusticia, un hijo de la Atenas de Cuba, <em>Carlos de Jes&uacute;s Verdugo y Mart&iacute;nez<\/em>, de solo 16 a&ntilde;os, contaba entre los condenados a muerte y quien, adem&aacute;s, no se encontraba tan siquiera en la Capital cuando ocurrieron los hechos.<\/p>\n<p>Como esos j&oacute;venes que reci&eacute;n comenzaban su vida en el camino de la Medicina, nuestros m&eacute;dicos tienen am&eacute;n de la profesionalidad, grandes baluartes: las aptitudes y los valores. Por eso recordamos la fecha, por eso y porque la vida vuelve a colocar coincidencias hist&oacute;ricas en este noviembre, todas para recordar el gran sentido humanista de nuestro pueblo y sus galenos.<\/p>\n<\/div>\n<div class=\"clear\"><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&iexcl;Y m&aacute;s que un mundo, m&aacute;s! Cuando se muere \/ En brazos de la patria agradecida, \/ La muerte acaba, la prisi&oacute;n se rompe; \/ &iexcl;Empieza al fin, con el morir, la vida! 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