{"id":11173,"date":"2015-04-27T12:46:59","date_gmt":"2015-04-27T12:46:59","guid":{"rendered":"http:\/\/contenidosportal.sld.cu\/portal20142020\/?p=462"},"modified":"2015-04-27T12:46:59","modified_gmt":"2015-04-27T12:46:59","slug":"felix-baez-y-jorge-perez-recuerdan-su-batalla-juntos-contra-el-ebola","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/contenidosportal.sld.cu\/portal20142020\/2015\/04\/27\/felix-baez-y-jorge-perez-recuerdan-su-batalla-juntos-contra-el-ebola\/","title":{"rendered":"F\u00e9lix B\u00e1ez y Jorge P\u00e9rez recuerdan su batalla juntos contra el \u00c9bola"},"content":{"rendered":"<div class=\"item-node\">\n<p>Los sentimientos no han de ser explicados. Porque ellos surgen ah&iacute;, donde la vida renace. Y porque la convergencia existencial entre los doctores F&eacute;lix B&aacute;ez Sarr&iacute;a y Jorge P&eacute;rez &Aacute;vila ha de ser contada desde las espiras de imprevistas complicidades.&nbsp; Aquellas que avienen en momentos dif&iacute;ciles.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero la g&eacute;nesis de esta historia es mucho m&aacute;s llana que nuestro prop&oacute;sito de anidarla en las ra&iacute;ces&nbsp; de la conciencia, esa percepci&oacute;n de s&iacute; mismo y del entorno de la que solo es depositaria la especie humana. Comenz&oacute; el domingo 16 de noviembre, cuando F&eacute;lix tuvo la certeza de que se hab&iacute;a contagiado con el virus del &eacute;bola y sufri&oacute; los primeros avances de las fiebres y los escalofr&iacute;os.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&mdash; &iquest;Sentiste miedo?<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&mdash;S&iacute;, como cualquier ser humano.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&mdash; &iquest;Pensaste que ibas a morir?<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&mdash;No. Estaba m&aacute;s preocupado por quedar con secuelas.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nTres d&iacute;as despu&eacute;s los s&iacute;ntomas arreciaron. A partir del s&eacute;ptimo, transit&oacute; por un sinf&iacute;n de complicaciones. Pero en esos momentos ya se hallaba en el Hospital Universitario de Ginebra, sin haber visto a nadie que conociera antes. Unos instantes de lucidez, entre sus profundos letargos, y consigui&oacute; advertir la presencia del doctor Jorge P&eacute;rez. Alcanz&oacute; a sonre&iacute;r y a levantar una de sus manos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDel otro lado del cristal, se empa&ntilde;&oacute; la vista del m&eacute;dico cubano que m&aacute;s cerca ha estado de los enfermos de SIDA en Cuba. Casi 70 a&ntilde;os de vida, y unos 50 de ejercicio, no han mellado en su sensibilidad humana. As&iacute; lo asegura el propio P&eacute;rez, a quien F&eacute;lix consigui&oacute; emocionar mucho m&aacute;s unas horas despu&eacute;s: &ldquo;Me curar&eacute; y volver&eacute; a &Aacute;frica&rdquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nImpresionado por la convicci&oacute;n de su paciente y colega, Jorge descubri&oacute; en aquel escenario a &ldquo;un profesional aut&eacute;ntico, a un hombre valiente, optimista, moral y sensato&rdquo;, con el que muy pronto pudo establecer una gran empat&iacute;a. Esta &mdash;piensan ellos&mdash; permanecer&aacute; por el resto de sus vidas.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nP&eacute;rez &Aacute;vila hab&iacute;a arribado a Ginebra tan solo unas horas despu&eacute;s que F&eacute;lix B&aacute;ez. Un encargo gubernamental de &uacute;ltimo minuto lo apresur&oacute; a tomar un avi&oacute;n en La Habana y a presentarse con inmediatez en el hospital donde se encontraba el joven cubano infectado con &eacute;bola.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nA ese d&iacute;a, le hab&iacute;an precedido otros muy dif&iacute;ciles para el enfermo. Los primeros s&iacute;ntomas de una encefalitis que comenzaba a afectarle le hab&iacute;an hecho alucinar durante el viaje de Sierra Leona a Suiza. &ldquo;Iba envuelto en un papel de aluminio y experiment&eacute; la sensaci&oacute;n de que terminar&iacute;a entre las brasas de un horno&rdquo;. Hasta que, finalmente, frente a un elevador del hospital, pens&oacute;: &ldquo;He llegado y voy a salvarme&rdquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLas sensaciones de haber ca&iacute;do en un &ldquo;vac&iacute;o muy profundo&rdquo; y de &ldquo;tocar fondo&rdquo;, invadieron sus noches interminables.&nbsp; &ldquo;&iexcl;Estuve 48 horas en el limbo!&rdquo;. Era un estado de seminconsciencia derivado de la inflamaci&oacute;n de su enc&eacute;falo. As&iacute; dej&oacute; de percibir el dolor. Solo sinti&oacute; que a veces lo llamaban y lo zarandeaban. Que despertaba e inmediatamente volv&iacute;a a dormirse. Y aunque padeci&oacute; durante ese trance de conjuntivitis y de un rasch eritematoso que provoca una picaz&oacute;n desesperante, no percibi&oacute; nada. Solo fue sensible a la embestida de una sonda colocada en su uretra.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nJunto al recuerdo del olor de las sustancias esterilizantes de aquella &ldquo;habitaci&oacute;n&rdquo; ginebrina, F&eacute;lix revive el sentimiento de desamparo que le domin&oacute; durante esos lapsus. Se reconoci&oacute; absolutamente dependiente. Y solo le qued&oacute; esperar y confiar. &ldquo;Entretanto, el Profe (como suelen llamarle a Jorge en el IPK), me dio mucho &aacute;nimo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&ldquo;Cuando lo vi, la alegr&iacute;a fue tremenda. Supe que ten&iacute;a conmigo a un cubano de pura cepa, ocurrente y jaranero; y a un experto en enfermedades trasmisibles&rdquo;. Tambi&eacute;n distingu&iacute; la deferencia del doctor Gerome Pugin, jefe del equipo m&eacute;dico (y un enamorado de Cuba), que siempre me trasmiti&oacute; su certeza de que todo iba a salir bien&rdquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl amor de Eva<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUnas tres veces al d&iacute;a el doctor Jorge P&eacute;rez atravesaba la ciudad de Ginebra &ldquo;de lado a lado&rdquo; para visitar a su enfermo. Dialogaba con el equipo m&eacute;dico y conversaba con F&eacute;lix. Porque las barreras de contenci&oacute;n de la unidad intensiva no le imped&iacute;an interactuar con &eacute;l, y hasta hacerlo re&iacute;r. M&oacute;vil en mano, le dec&iacute;a que Eva, una de las empleadas, entraba con frecuencia a su habitaci&oacute;n porque quer&iacute;a estar a solas con &eacute;l.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero no fue solo Eva. Casi todos los integrantes del equipo m&eacute;dico se sentaron alguna vez a conversar con F&eacute;lix. Le pidieron que les contara sobre Cuba. Y atenuaron la soledad de su aislamiento en intencionada &ldquo;omisi&oacute;n&rdquo; de las circunstancias de gravedad en que se hallaba.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl paciente hab&iacute;a llegado al Hospital Universitario de Ginebra con una carga viral de 10 millones de copias, recuerda Jorge.&nbsp; Ten&iacute;a alteraciones en las enzimas hep&aacute;ticas y en una enzima pancre&aacute;tica, aunque sus ri&ntilde;ones y sistema respiratorio no estaban afectados.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa pronta aplicaci&oacute;n del monoclonal Zimap consigui&oacute; los primeros signos de regresi&oacute;n de su sintomatolog&iacute;a. Luego, el antiviral&nbsp; Favipiravina lo condujo a la cura. Y enseguida P&eacute;rez pens&oacute; en la necesidad de aplicar la terap&eacute;utica para remediar la epidemia africana. &ldquo;Sin embargo, en determinado momento, la continuidad de esta estrategia medicamentosa se vio amenazada por la aparici&oacute;n del rash antes citado. Los m&eacute;dicos suizos creyeron que era una reacci&oacute;n al tratamiento. Pero la experiencia que hemos tenido en Cuba con el dengue me permiti&oacute; identificar el origen viral del s&iacute;ntoma&rdquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nFue rotundo el &eacute;xito&nbsp; de aquella medicaci&oacute;n experimental que le fue aplicada al m&eacute;dico cubano. Aunque ambos, F&eacute;lix y Jorge, saben bien que el amor de Eva fue un ant&iacute;doto importante contra las part&iacute;culas de &eacute;bola que invadieron el cuerpo del joven colaborador.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nMiedo a tocarlo<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEs seguro que el doctor Jorge P&eacute;rez, en su acostumbrado af&aacute;n de coleccionar historias, a&ntilde;adi&oacute; en aquellos d&iacute;as algunas p&aacute;ginas a su diario. Ese en el que acostumbra a dejar constancia de los acontecimientos m&aacute;s impresionantes. Tal vez escribi&oacute; que el invierno de Ginebra hab&iacute;a sido la primavera de F&eacute;lix, y tambi&eacute;n un &eacute;xito de la ciencia, seg&uacute;n haya logrado plasmar las emociones vividas.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLo cierto es que se empe&ntilde;&oacute; en que, una vez curado, el joven m&eacute;dico conociera la ciudad. Aunque para conseguirlo tuvo que vencer algunos obst&aacute;culos. El primero fue en el hospital, donde encontr&oacute; cierta resistencia a la idea. &ldquo;Pero, tras gestionar ropas y abrigo al superviviente, logramos escabullirnos por una puerta trasera&rdquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nY, en los paisajes ginebrinos, asentados en la embocadura del lago Lem&aacute;n y en una depresi&oacute;n geogr&aacute;fica rodeada de monta&ntilde;as, a F&eacute;lix le renaci&oacute; el mundo. Aunque todav&iacute;a quedaban por delante momentos mucho m&aacute;s emotivos: los del regreso a Cuba. Pero el pasaporte del m&eacute;dico cubano que hab&iacute;a superado al &eacute;bola no aparec&iacute;a. Hasta que P&eacute;rez lo consigui&oacute;, estuvo oculto tras el miedo a tocarlo que experimentaban sus cuidadores. Luego, en la embajada de Francia, los funcionarios recibieron el documento&nbsp; con guantes y tapabocas. Todo eso, &iexcl;para poder procesar el visado del redivivo!<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nJorge y F&eacute;lix se carcajean al recordarlo, pero comprenden el p&aacute;nico que gener&oacute; la epidemia en la Europa desarrollada, tras la importaci&oacute;n de enfermos provenientes de &Aacute;frica.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUna vez en el avi&oacute;n que los conducir&iacute;a a Cuba, quedaron atr&aacute;s aquellos d&iacute;as de incertidumbre en el Hospital Universitario de Ginebra. Pero aun as&iacute;, Jorge &mdash; que no se sonroja al declarar su miedo a los aviones, en los que prefiere permanecer seminconsciente&mdash;, apenas pudo dormir. &ldquo;Porque&nbsp; ten&iacute;a que cuidarme&rdquo;, bromea F&eacute;lix.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAntes de terminar este di&aacute;logo de sentimientos y afectos, una pregunta queda todav&iacute;a en el tintero inquiridor de esta periodista. La del regreso del m&eacute;dico a Sierra Leona para continuar atendiendo a los afectados con la misma infecci&oacute;n que casi le roba la vida.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&ldquo;Fui m&aacute;s sensible ante el dolor de los pacientes, porque me hice mejor persona y mejor m&eacute;dico. Valor&eacute; mucho m&aacute;s la mano que aprieta el hombro en los momentos dif&iacute;ciles y entend&iacute;, desde mi propio sufrimiento, que incluso para morir, es preciso seguir siendo un ser humano&rdquo;.<\/p>\n<p>Por: Flor de Paz&nbsp;<br \/>\nFuente: CubaDebate. Tomado de Juventud T&eacute;cnica<\/p>\n<\/div>\n<div class=\"clear\"><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los sentimientos no han de ser explicados. Porque ellos surgen ah&iacute;, donde la vida renace. 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